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Francisco Bedoya

 

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         La familia Bedoya residía en Serdio, tenían cerca de dicha población el caserío conocido como "de las Carrás". Allí fue hecha la famosa fotografía que serviría para anunciar la recompensa puesta a la cabeza de Juanín, al más puro estilo del oeste americano.

       Doña Julia, madre de Bedoya, había acogido en diferentes ocasiones a algunos emboscados. Fue así como Bedoya conocerá a su futuro compañero en el monte, haciendo de enlace para él

       Es detenido en agosto de 1948 por presunta complicidad con Juanín.  Será sentenciado a 12 años de prisión. Tras una breve estancia en la provincial, será destinado al Destacamento Penitenciario de Fuencarral en Madrid, de donde escapará en 1952.

      Unos días antes de su huida, el caserío de su familia arderá por los cuatro costados con todo el ganado dentro. Bien pudo ser este el detonante para decidir fugarse, más que autenticas motivaciones políticas. Tenía 23 años y su condena estaba próxima a finalizar. 

       Juanín a través de su hermana Avelina, da instrucciones y dinero a Pedro Noriega, para que se desplace a Madrid y facilite el regreso de Paco a Cantabria. Se le ofrece la posibilidad de pasar a Francia, pero decide ir con Juanín al monte, junto a quien permanecerá hasta prácticamente el final de sus días.

         Su incorporación a la guerrilla puede ser considerada como la última llevada a cabo en nuestra Región. En el 52 ya nadir se echaba al monte. Hacia ya cuatro años que había desaparecido de forma oficial la resistencia armada y pequeños grupos actuaban en desbandada.

        Quienes le conocieron afirman que Paco Bedoya estaba muy lejos de la figura sanguinaria con que era presentado en la época, presentándolo como  un "hombretón" noble y de gran corpulencia  (115 Kg de peso y 185 cm de altura).

        En la mañana del 25 de abril de 1957, Bedoya en su huida por los montes se encontró con un vaquero llamado Samuel. Isidro Cicero reproduce el encuentro:

        - Tú, ¿cómo te llamas?.

        -  Samuel.

        - Ya sé quién eres. Tu tienes un hermano cura. ¿tú me conoces a mí?

-No .., yo ...

-Pues soy Bedoya. Y no me digas una mala palabra, porque aquí mismo te parto la cabeza, acaban de matarme a mi amigo y soy capaz de cualquier cosa. Así que lo primero de todo se lo dices a tu hermano. Y después a la guardia civil. Que has visto a Bedoya y que Bedoya se caga en la madre que los parió. ¿se lo vas a decir? .. Se lo dices ¿eh? y les dices también que voy en esa dirección, que me sigan.

           Tras dar aviso a los guardias, estos descubrieron las huellas dejadas por las grandes zancadas de Bedoya, perdiéndose su rastro tras unos matorrales.

           Fallece el 2 de diciembre de 1957 como consecuencia de una trampa tendida por miembros de la Brigadilla Social y Política en complicidad con su cuñado San Miguel.  La muerte de Fernández Ayala facilita el acercamiento de San Miguel a su cuñado, y tras ofrecerse a llevarle a Francia en su motocicleta ambos encontrarán la muerte en el Pontarrón, en el trayecto de la carretera comprendida entre el Puente de Oriñón  y de Islares. Desde un automóvil  son ametrallados. San Miguel fallece en el acto, su corpulento cuñado, con cinco balas en el vientre, consigue escalar desfiladero arriba y escapar. 

          A la mañana siguiente y ocho horas después, es localizado por  la Guardia Civil, con la ayuda de un perro llamado <<tiro>> que era conducido por el cabo Fidel Fernández Iñiguez. Se encuentra a 400 metros de la cumbre de monte Cerredo. Nadie se explica como pudo llegar hasta allí. Al advertir la presencia del cabo dispara sobre él, estando a punto de matarle.

         Una bala en la sien realizada a corta distancia, termina con su vida. Su cuerpo será transportado hasta la carretera, sobre la copa de un pino cortado expresamente para ello

        Cabe la posibilidad de que el emboscado decidiese en el último momento suicidarse. Ante la duda, el cura de Castro Urdiales decide que sea enterrado fuera del "recinto sagrado" del cementerio, en un lugar separado por un grueso muro.

       Isidro Cicero dijo al visitar la tumba de Bedoya: "Hoy podemos decir que ninguna tumba del cementerio nos ha parecido tan sobria, tan elegante, tan florida, en su enorme prado verde, lejos de mármoles y esculturas".

 

 

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