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INFORME GEOESTRATEGIA /VISIÓN SUR ( Informe extraordinario. Noviembre 2004.)

“Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones.”

Palabras de Otto Dietrich zur Linde, poco antes de morir fusilado por torturador y asesino, los días finales del Tercer Reich.

Del Deutsches Réquiem, en El Aleph de Jorge Luis Borges



El mundo está en grave peligro luego del triunfo de Bush

Ya no se duda que desde hace por lo menos veinte años, época de la Administración Reagan, se ha venido reforzando en los Estados Unidos una inusual concentración de poder ilegítimo y antidemocrático en torno a ciertas facciones muy sectarias y fanatizadas del Partido Republicano, las cuales aglutinan a su vez factores vinculados a relevantes corporaciones financieras, industriales y mediáticas, así como a significativas secciones del Ejecutivo, la Judicatura, el Congreso, el mundo académico y las Fuerzas Armadas, la Fiscalía, la Reserva Federal, y los diversos organismos que formulan la política económica.

Por añadidura, y no menos importante, tal núcleo de confabulados –que ahora parecen converger en la figura de Dick Cheney y en el mismísimo George W. Bush - cuenta con la acción coordinada de un conjunto de líderes religiosos nominalmente protestantes, católicos y judíos que gobiernan una importante red de iglesias y actividades evangelizadoras a lo largo de todos los Estados Unidos.

Todo apunta a que los hombres y grupos así concertados empujan de hecho, y en resumen, una abierta maquinación para hacerse de una gran cantidad de poder. Tal conjura ahora parece haberse expandido, o consolidado definitivamente, con el reciente triunfo electoral de George W.Bush.

La democracia en Estados Unidos puede correr, pues, un grave riesgo, ya que lo que ha estado sobreviniendo, como más adelante trataremos de esclarecer, parece configurar un verdadero golpe de estado prolongado capaz de conducir al país hacia un oscuro totalitarismo sin signos de fácil retorno.

A la larga crisis de la vida democrática estadounidense –que es mucho más que una simple crisis de “gobernabilidad”- se ha sumado ahora para colmo una crisis económica y financiera que arroja a la nación a unas condiciones muy similares a las que dieron nacimiento al movimiento nazi en la Alemania de los años 30.


Un pueblo, un imperio, un fuhrer

Aparte de que esta posibilidad cierta de neonazismo se nutre palmariamente del populismo belicista que entusiasma a un pueblo desinformado y aferrado a un fundamentalismo religioso y patriotero (que en algo recuerda increíblemente al de la España franquista y confesional), un inconfundible corporativismo fascista avanza en Estados Unidos por una vía distinta a la italiana y la alemana de los años veinte y treinta: simplemente por medio de la enorme concentración de poder político alrededor de ciertos grupos empresariales estratégicos (como el llamado grupo Carlyle).

Las diversas dependencias del Poder Ejecutivo se encuentran, en efecto, en un sostenido proceso de fusión con las corporaciones, de forma que los núcleos duros de esta sección del poder norteamericano –encabezados por la secta de los neoconservadores- conforman una tupida red mafiosa con influencia decisiva en los centros del poder formal del estado (ramas clásicas del poder público), y en los poderes fácticos económicos, políticos y culturales: el Partido Republicano (y la red mundial conservadora que incluye integrismo católico y fundamentalismo protestante y judío), las corporaciones, los organismos financieros internacionales, las fundaciones y think tanks que formulan los grandes lineamientos políticos, el mundo académico y los monopolios de la información y la comunicación. El influjo alcanza, asimismo, a las fuerzas armadas y al aparato de información e inteligencia (aunque uno de los espacios que la secta aparentemente no ha logrado copar por completo es el de las organizaciones de inteligencia, de allí la guerra a muerte que puede observarse al interior de instituciones como la CIA).

El arrogante abuso de poder, el inescrupuloso tráfico de influencias, el favoritismo en los contratos, la ausencia de regulación, la franca corrupción, así como políticas impositivas que traspasan sin pudor el dinero de los pobres y la clase media a los potentados y a las corporaciones, enriquecen a estos privilegiados circuitos político-corporativos, que gozan a su vez del respaldo de importantes monopolios de poder mediático ejemplificados por la cadena Fox, arma formidable de guerra psicológica, propaganda y engaño sistemáticos, incluso para apoyar el actual esfuerzo de guerra.

Debe considerarse, entretanto, que la crisis de la democracia estadounidense no se reduce a ser un problema interno de ese país, puesto que estamos hablando de la superpotencia del planeta. Una nación con gran influencia en el mundo y que no oculta su intención de alcanzar una hegemonía global basada en la fuerza militar.

Hoy día, a comienzos de noviembre de 2004, a menos que una sacudida interna ponga en el poder a los realistas encabezados por Colin Powell, (se dice que Condoleeza Rice va a sustituirlo como Secretario de Estado), Bush proseguirá sus planes para extender la guerra a Irán y Siria, hostigar peligrosamente a Cuba, agudizar la situación en Colombia y amenazar militarmente a Venezuela. También va a intentar desestabilizar a otros países de Suramérica y confrontará, en definitiva, a todo el mundo, desatando de paso una crisis muy aguda en el mercado petrolero. Naturalmente, va a seguir alentando a Israel a una política pendenciera en todo el Medio Oriente, en persecución de un enemigo al que ahora se pretende estigmatizar con una nueva palabra cargada de siniestra ironía: islamofascismo. Otra creación lingüística procedente de las fábricas de la infamia que muy pronto veremos propagada hasta la náusea por los retorcidos monopolios mediáticos.

Estados Unidos, no obstante, se encuentra ahora solo, separado de sus antiguos aliados. El mundo entero desconfía de un socio tan agresivo e imprevisible y comienza a oponerse –aunque todavía indirectamente- al intento hegemónico. Tan indirecta y tardíamente como en los años treinta las débiles democracias occidentales se opusieron a los desfachatados actos militares de Hitler y los nazis.

Bush se burla de la ley y las instituciones internacionales simplemente porque es un supremacista que sólo cree en la fuerza militar, con inclusión del poder nuclear.

Y más allá de la política ultraconservadora en temas como el aborto, los matrimonios homosexuales o el control del medio ambiente, es muy claro que la secta que se ha apropiado del poder en Estados Unidos descree absolutamente de los derechos civiles y laborales, así como de cualquier otro tema social. Tampoco oculta su desestimación no sólo de negros, latinos, árabes e inmigrantes, sino también de los europeos, quienes son presentados como un obstáculo a la decisión y valentía estadounidenses. Por supuesto, el desprecio de Hitler por la Sociedad de las Naciones y otros organismos internacionales es el mismo de los neoconservadores –los nazis de hoy.

Los neoconservadores, junto al resto de sus socios republicanos, cuentan con una base popular de cristianos que rinden un culto fanático a Estados Unidos y al estado de Israel como empresas y símbolos del bien, en oposición a naciones “decadentes”, como las de la “vieja Europa”. Esperan además el día del arrobamiento en el que su dios va a venir a destruir a los malvados y a convertir a los judíos, muchos de los cuales son sus aliados de hoy.


Negación de la verdad

Pero quizá el aspecto más revelador de la naturaleza del poder sectario que se ha adueñado de los instrumentos de decisión política de los Estados Unidos es lo que podríamos precisar como su negación filosófica radical de la verdad y la realidad. Simplemente, la realidad y la verdad son rechazadas, y frente a ellas no se siente más que hostilidad. Se trata de un desvarío que nos recuerda vivamente el delirio nazi, puesto que si existe un rasgo esencial, una marca distintiva del facismo, es su cínica negación de la realidad y su soberbia pretensión de que un grupo de poderosos audaces puede crear la realidad a su imagen y semejanza. Mucho de esto sufrimos los venezolanos, por terrible ejemplo, los últimos y duros años, cargados de arrogancia y perfidia oligárquica y mediática. Sobre todo durante aquella perversa y engañosa jornada del 11 de abril de 2002.

Y esta característica negación no se refiere simplemente a la tradicional y rutinaria utilización de la mentira y el engaño con fines tácticos –como en los tiempos aún ingenuos de tricky dicky Nixon- , sino más bien a la simulación –a la matriz- como programa permanente y sistemático, supuesto requisito de la “gobernabilidad”, asumido con pasmoso cinismo y fundamentado en consideraciones filosóficas y hasta “teológicas”, tal como sucede en 1984, la famosa novela de Orwell.

Nazis y neocons creen firmemente que se puede crear a voluntad –mediante el fraude, el engaño y la manipulación- cualquier realidad, por fantástica que al principio pueda parecer a muchos, siempre que se cuente con el poder suficiente para imponerla. “Una mentira repetida cien veces se convierte en verdad”. Descontando la apoteósica impostura de haber ganado las elecciones de 2000 ante Al Gore, hay otros numerosos ejemplos de esta actitud: desde la afirmación que Irak poseía armas de destrucción masiva y apoyaba a Al Queda hasta los intentos por negar los méritos militares de John Kerry en Vietnam, pasando por la increíble insistencia en que la economía se encuentra en recuperación, o que Estados Unidos es acompañado en su aventura iraquí por una fuerte coalición de importantes países. Es ilustrativo el hostigamiento al que fuera sometida la esposa del diplomático que osó desafiar la afirmación fantasiosa de que Saddam había adquirido uranio en Níger. En el New York Times pudo leerse la forma en que un prominente consejero de Bush increpa a sus críticos acusándolos de vivir en una "comunidad basada en la realidad", en lugar de reconocer que “ahora somos un imperio y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad".

Esta actitud “creativa” o “constructivista”, retratada en esta declaración y en esta anécdota, es quizá el mejor resumen del grave peligro que corren los Estados Unidos y el mundo entero. El país está dirigido en este momento por un grupo de iluminados poseidos por la diabólica convicción filosófica postmoderna de que la verdad no es más que una construcción convencional, definida naturalmente por los poderosos. Así, todo puede ser inventado y justificado. Basta que el poder lo decida. Esto si que pretende ser el poder total. 1984 no es más que un juego de niños.

Se intenta convencernos descaradamente a todos, por ejemplo, que el sometimiento universal a los designios imperiales de los Estados Unidos no significa otra cosa que el natural acatamiento a un objetivo honorable, decente y deseable. El fin de la historia. El mejor y el más justo de los fines.

Bush abusa entonces del poder inspirado por una ideología fanática pseudoreligiosa que además busca sustento en aquel conocimiento académico que puede justificar su desdén por la realidad y la por la verdad. Se ha mencionado la influencia perniciosa del hobbesiano Leo Strauss, de la Universidad de Chicago, antiguo profesor de algunos de los más prominentes neoconservadores que hoy definen la política de la Administración Bush.


Amoralidad, recelo entre civilizaciones y fin de la idea de soberanía

Si no bastara con su denegación de la verdad y del principio de realidad para establecer el carácter inequívocamente nazi de los neoconservadores, consideremos entonces su abandono de la genuina moralidad cristiana, islámica y judía, aquella que nos obliga a respetar, preservar y dignificar la vida de todos los seres humanos, libres e iguales ante Dios y los hombres, lo mismo que sus culturas. En efecto, también con inspiración en académicos de renombre como Bernard Lewis, o como Samuel Huntington y su idea del choque de civilizaciones, hoy se consiente o se alienta popularmente por toda la nación una denigración del otro, del que es diferente, verdaderamente rayana en el odio. Se rechaza (y se teme) todo lo que no es american, que entonces es maquinalmente demonizado como “antiamerican”. De igual manera, al más puro estilo hitleriano, se ridiculiza en forma flagrante la soberanía de los estados nacionales del resto de los países, así como el principio de autodeterminación consagrado desde el siglo XVII por el orden jurídico de todos los países civilizados.

En consecuencia, no hay reparos en violar – en Guantánamo, Abu Graib o alguna carcel norteamericana- los derechos de ciudadanos estadounidenses y extranjeros, negándoles el acceso a los tribunales e incluso a la defensa legal. Connotados tramposos como Karl Rove –nuestro Goebbels de hoy- no se inhiben de amenazar abiertamente a periodistas o políticos disidentes, o de ocultar la información procedente de los comités públicos y del Congreso, con toda clase de mañas y estratagemas. El recientemente nombrado Secretario de Justicia, Alberto González, es famoso por haber enviado muy tempranamente un memorando secreto instruyendo “preventivamente” acerca de cómo organizar la estrategia jurídica para impedir que se aplicaran las leyes estadounidenses o la Convención de Ginebra a aquellos funcionarios acusados de torturas y violaciones de los derechos humanos en Afganistán. “La guerra contra el terrorismo es un nuevo paradigma que convierte en "pintorescas" las disposiciones de la Convención de Ginebra”, declaró. Una verdadera premeditación del crimen.

Sobre este modelo, los abogados del Pentágono y de los Departamentos de Justicia y de Defensa prácticamente autorizaron nuevas modalidades de tortura en Guantánamo y Abu Graib.

Bush gobierna, en suma, con el miedo y la intimidación, y en el partido no se tolera ahora ninguna disensión y ni siquiera la moderación. Los republicanos se han colocado en una posición tan extremadamente derechista que han arrastrado a todo el espectro político con ellos. Su política económica, por ejemplo, es particularmente simple: reducir los impuestos y favorecer por todos los medios a los más ricos. En consecuencia, la economía va de mal en peor. La política económica, energética y ambiental de Bush sólo apunta al presente y es irresponsable con relación al futuro.

Los demócratas, paralizados por el miedo de ser acusados de cobardes, blandengues, o colaboracionistas con el enemigo, en verdad no se encontraban en condiciones de oponer seria resistencia en las pasadas elecciones.

Las consecuencias de la reelección de Bush son, entonces, profundas. El respaldo electoral ya se ha interpretado como un apoyo decidido del pueblo estadounidense a sus políticas extremas, como si estas fueran una necesidad asumida con coraje en tiempos difíciles, en contra de aquellos que son incapaces de entender esta situación, tildados entonces de pusilánimes, de ciegos, de entreguistas… o de antiamericanos. A partir de este momento, será cada vez más difícil oponerse en Estados Unidos al militarismo, a la dureza, a la crueldad –bien ilustrada por la insistencia en la pena de muerte-, y a las medidas contra la libertad. Aterra imaginar lo que pudiera suceder en el caso de un nuevo gran atentado terrorista en Estados Unidos.


Conclusión

En definitiva, lo que estuvo en juego en estas elecciones no fue la simple elección de un nuevo presidente para Estados Unidos. Los demócratas y otras fuerzas no son por lo pronto capaces de parar la amenaza fascista, y por eso fracasaron en forma patética. No parecen saber bien que se están enfrentando a un intento decidido, inescrupuloso y audaz de copar todo el poder por parte de una secta de fundamentalistas imbuidos con una ideología supremacista y totalitaria.

Algunos dicen que después de todo Bush es preferible a Kerry porque, a diferencia de éste, no se molesta en oscurecer sus designios de dominar el mundo por la fuerza. Que debe agradecérsele a Bush la procaz desvergüenza en cuanto a sus intenciones, de las que, estando avisados y alerta, nos podemos defender mejor que ante unos demócratas mañosos, sinuosos y seductores como serpientes, duchos en las artes retóricas y diplomáticas, y por ello mucho más peligrosos. Que Bush es un imperialista descarado, mientras que Kerry sería un imperialista vergonzante y agazapado. Cinismo contra hipocresía.

Bueno, no entendemos bien la pizca de funesta verdad que pudiera encerrarse en tales suposiciones. Por lo pronto, miles de vidas inocentes son sacrificadas en Faluya y otros lugares, y muchas otras se encuentran amenazadas en todo el mundo. Si bien Bush y sus neoconservadores no ocultan para nada su objetivo último, su intención imperial, para lograrla se valen de toda suerte de trapacerías y engaños. La primera de ellas: intentar convencernos de que sus objetivos son nobles, convenientes y anhelados por todos. Una pretensión verdaderamente audaz. Una jugada sorprendente y admirable en su descaro y osadía. Una apuesta pasmosa que desarma a muchos, precisamente por su insolencia y cinismo. En un mundo de apocados hipócritas, de timoratos y alcahuetes del poder, pocos son los que reaccionan con valentía y resolución, con fibra moral y conciencia de los altos valores que se encuentran en grave riesgo. Los más empiezan a balbucear incoherencias justificatorias y a esbozar sonrisas de confusión cómplice, desarmados de su usual hipocresía y banalidad.

Conocemos este cinismo: es el de los fascistas y los nazis, quienes hicieron de la mera desfachatez, del culto al peligro por el peligro mismo y del desprecio por los que ellos llaman tibios y cobardes un verdadero evangelio.

Repetimos viciosamente el mundo anterior a la última guerra, el del apaciguamiento de Chamberlain y Daladier. Valdría la pena revisar los documentos y noticias de aquella época para comprobar como hoy se repiten casi al calco los mismos argumentos encubridores de la violenta arrogancia de unos líderes ensoberbecidos y embriagados de audacia a causa del apocamiento de los potenciales resistentes.

A todas luces, olvidamos demasiado rápido y reaccionamos con demasiada lentitud a la iniquidad y al atrevimiento. Pero aun es tiempo, sin duda, de que tomemos la debida conciencia de un peligro que nunca podremos exagerar. Del riesgo que representa un poder ilegítimo y despótico que parece conducir a su propio país al infierno del totalitarismo y al mundo al despeñadero de la guerra.


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