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ENIGMAS DEL PODER


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EL REGRESO DE ARIEL
En algún lugar de su obra Borges nos recuerda como los argentinos, “esencialmente snob”, sólo aceptaron el tango –antes desestimado y mirado con vergüenza- cuando se enteraron que había terminado por recibir los plácemes de París.

No distinta, por cierto, es la historia de la fama del mismo Borges, pues es de todos conocido que únicamente llegó a ser bien apreciado por sus compatriotas cuando lograron averiguar que había merecido también los plácemes de Europa bajo la forma de un importante premio literario, compartido nada menos que con Samuel Beckett.

Sin gran dificultad se pueden multiplicar casos que ilustran una notoria inseguridad histórica y cultural, ya examinada hasta la angustia y el hartazgo por buena parte del pensamiento latinoamericano. Una disposición que a fin de cuentas pudiera entenderse, con simpleza, como el reconocimiento sincero de la incapacidad de reconocer nuestro propio valor.

Pero no traemos ahora a cuento esta persistente falta de fe para intentar ahondar en su naturaleza y añadir nuevas explicaciones, sino porque hemos juzgado de interés contrastarla fugazmente con una circunstancia paradójica que se ha manifestado en el mundo académico norteamericano, por lo menos desde hace unos veinte años (aunque a decir verdad sólo recientemente y por casualidad nos hayamos enterado): se trata de la insospechada fascinación por aquel avatar del modernismo literario latinoamericano que en su momento se llamó el arielismo, movimiento inaugurado por Ariel, el célebre libro del uruguayo Rodó, escrito con el propósito evidente de oponer al incontenible utilitarismo angloamericano los más nobles ideales de la tradición clásica encarnados en Ariel, símbolo aéreo del idealismo y del espíritu elevado en La Tempestad de Shakespeare, y símbolo también de la íntima realidad de nuestra cultura latinoamericana.

En lo que toca a esta parte del continente, hace ya tiempo que tanto Ariel como el arielismo han quedado sepultados en el mar de novedades y corrientes que surgieron en años posteriores. Es verdad que los símbolos de Ariel y Caliban nunca fueron totalmente olvidados, e inclusive fundamentaron trabajos que son hitos de la imaginación y la reflexión americana en busca de nuestra identidad: Aníbal Ponce, hacia 1935, identifica a Caliban con las “masas sufridas” redimidas por el genio del aire, mientras que en Roberto Fernández Retamar –por lo menos desde 1971- la antigua identidad de Ariel - vista ya decididamente desde una perspectiva no eurocéntrica - termina por trasladarse a Caliban, nuevo símbolo del pueblo latinoamericano mestizo y oprimido. Finalmente, el postmo académico –abandonando por supuesto toda idea de universalidad y obsesionado a la moda con el vaciamiento simbólico, así como con las diferencias, la fragmentación y la diversidad de las identidades - declara aquí también una de sus habituales crisis de representatividad y despoja tanto a Ariel como a Caliban de toda capacidad de representar nuestra identidad cultural.

Sin embargo, más allá de los muros de la “ciudad letrada”, en verdad solamente parecían acordarse de Rodó (y aun, increíblemente, de Darío) algunos viejos periodistas y maestros, nostálgicos de un antiguo espíritu de humanismo latinoamericano. Pero he aquí que de donde menos se esperaba salta también la liebre arielista. En 1982, después de haber sido extraña o reveladoramente rechazado por algunas editoriales norteamericanas, el prestigioso historiador de ese origen Richard Morse publica en México su ya famoso libro El Espejo de Próspero, en el cual intenta hacer uso del sistema de metáforas de La Tempestad, desde una perspectiva norteamericana, para estudiar comparativamente las dos grandes tradiciones culturales del continente.

Se abre así una puerta que tarde o temprano debe conducir a una comprensión infinitamente más rica de la cultura latinoamericana más profunda, tal vez aquella que sólo nos puede ser entregada por un genuino acto de iluminación creadora, vale decir, por la preeminente dimensión del arte. Y ello en virtud de un enfoque singular que invierte el sentido usual de la traducción cultural, transgrediendo los límites convencionales de este tipo de indagaciones. Gracias a esta feliz conversión, El Espejo de Próspero consigue sin duda, desde el principio, ahondar, trasponer y desbancar los lugares comunes académicos más superficiales y trillados acerca de nuestros países, los mismos que suelen ser usados, con injusta eficacia, para descalificar nuestra cultura y nuestra historia.

No es el propósito de este artículo detenernos a examinar esta obra por demás polémica y compleja, en absoluto beata o celebratoria –aunque sí decididamente apreciativa- de nuestro talante cultural, y cuyas implicaciones han sido muy debatidas a ambos lados del Río Grande. Que sepamos, Morse ha sido capaz de desatar en algunos países (por ejemplo, en Brasil) una intensa, apasionante y acaso decisiva discusión, en medio de la cual ha sido señalado de simplista y maniqueo, de esencialista, de menospreciar las ciencias sociales anteponiéndoles la superior penetración de la literatura, y hasta de alentar una opción antidemocrática con base en el principio jerárquico que cree encontrar en la formación de nuestras sociedades. Por lo pronto, no obstante, nos conmueve saber que existen hoy conciencias norteamericanas – al fin y al cabo seres humanos tan anhelantes como todos de una profunda restauración social y cultural del mundo de hoy - que detienen su mirada en el espejo de nuestra cultura latinoamericana, buscando descubrir en ella inspiración y valores significativos. Ciudadanos de ese desmesurado - y a veces ejemplar- país vecino que se muestran capaces de enaltecer en grado extremo una realidad cultural tantas veces negada por nosotros mismos, dificultosa y en severos problemas, y que a veces sólo parece ofrecernos tragedia y frustración, desgarramiento, sangre y desespero. Una forma de vida cuya preciosa esencia hemos sin duda extraviado y que se encuentra extrañamente agobiada a su vez por su imagen reflejada en el espejo europeo y norteamericano.

Resultaría penoso y significaría el mayor y más incomprensible desconsuelo que nosotros, confirmando una conducta tan esencial e incurablemente snob, tuviéramos que esperar, para llegar a apreciarlos en su extraordinario valor, ya no sólo que el Ariel y nuestra espiritualidad de buena ley recibieran los plácemes de un presunto Occidente (a decir verdad ya bastante desoccidentalizado, o en vías de una indudable desoccidentalización), sino que así tuviera que suceder también con toda nuestra espléndida cultura de raíz africana, indígena e ibérica. No por paradójico vendría a ser menos triste que únicamente de esta forma nos dispusiéramos entonces a esforzarnos por terminar de recuperar el aprecio y el respeto por nosotros mismos, por nuestra historia y por nuestra íntima condición americana.


Autor: Gilberto Merchán


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