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ENIGMAS DEL PODER


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¿HA TERMINADO LA GLOBALIZACIÓN?
De acuerdo con importantes analistas políticos y económicos, entre los que destaca el Dr. Alfredo Jalife-Rahme (1), de la UNAM de México, la quiebra del gigante energético Enron en diciembre pasado (mucho más que los ataques del 11 de setiembre) fue el acontecimiento que marcó la señal definitiva para que los estrategas de la geopolítica y la geoeconomía mundial terminaran por abandonar la ya fatigada globalización y más bien comenzaran a impulsar un modelo alternativo - el "nuevo imperio"- que ya se encontraría en movimiento en el Asia Central, el Medio Oriente y la América Latina.

El planteamiento exige, obviamente, una consideración detallada y cuidadosa, y la primera cuestión que se impone, más allá de las palabras y denominaciones generales, es saber en que consiste en esencia tal cambio de modelo estratégico –si es que de esto se trata- y qué consecuencias mediatas e inmediatas tiene para nosotros. Ciertamente, el tema imperial ha venido apareciendo en forma recurrente en diversos espacios académicos, periodísticos y políticos. Así, por ejemplo, el mismo Jalife-Rahme reporta que “Robert Cooper, gurú del primer ministro británico Tony Blair, ha sintetizado (la idea imperial) en su artículo "Por qué necesitamos imperios", aparecido en The Observer (7 de abril), el cual amplía su ensayo "Ordenar al mundo, las implicaciones de largo plazo del 11 de septiembre", publicado por el Foreign Policy Center, y donde se aduce que el "nuevo colonialismo" de Estados Unidos (con Gran Bretaña) puede salvar al mundo (sic). A esta línea de pensamiento se incorpora Richard Haas, director del Departamento de Planeación Política del Departamento de Estado, quien sustenta, en una entrevista que le hizo Nicholas Lemann para la revista The New Yorker ("El próximo orden mundial", edición del 1º de abril), que la nueva forma del imperialismo estadounidense se basa en la aplicación de la "soberanía limitada", como "doctrina de intervencionismo justificable" para las futuras operaciones de Estados Unidos en el Medio Oriente”.

Henry Kissinger, por su parte, ha terminado por recomendar abiertamente “asumir sin complejos la dirección de un imperio mundial” . Hace pocos días, desde el Chicago Tribune, afirmó que el peligro terrorista no puede asociarse a ningún estado en particular, situación inédita (de la que sólo serían conscientes los Estados Unidos) que despoja de todo sentido al Tratado de Westfalia de 1648, el mismo que da origen al concepto moderno y universal de no intervención en otros estados, salvo legítima defensa. Queda abierto el camino para las guerras preventivas. Como en la más reciente película de Spielberg, los Estados Unidos legitiman así los juicios de intención y se arrogan el derecho de pronunciar “sentencias previas” que condenan sin apelación a diversos países a los horrores de una guerra imperial (sin que jamás podamos enterarnos, por supuesto, de los minority reports).”

Contrariamente, Michel Lind ("¿Es Estados Unidos el nuevo imperio romano?"; The Globalist, 19 de junio) encuentra tres graves defectos en la doctrina Bush-Wolfowitz de guerras preventivas y de conquista al estilo imperial: 1) carece de "diplomacia" (los norteamericanos se comportan como “tiránicos salvajes” en los foros internacionales); 2) en pocos años, Estados Unidos pudiera dominar a gran parte de la humanidad, pero no estaría en condiciones de gobernarla. Aun cuando posee el ejército más poderoso del mundo, su poder tiene límites y jamás debería sobreestimarse, y 3) el liderazgo tecnológico es transitorio, no eterno. Además, Wolfowitz, de acuerdo a Lind, se equivoca rotundamente al suponer que Europa, Rusia, China, Japón y la India se van a consagrar únicamente a la actividad comercial para dejar a Estados Unidos como el garante de su seguridad militar.

Se ha hecho notar también que la buscada hegemonía norteamericana, a diferencia del antiguo imperio romano, carece hoy de la capacidad de sustentarse en un "orden jurídico universal". Y pudiera agregarse, por último, lo que es obvio para casi todo el mundo: que más allá de lo jurídico, Estados Unidos no luce capaz de ofrecer la pertenencia a un orden civilizatorio universal, rasgo distintivo en el que se basó el poder de Roma, y que en definitiva le proporcionó legitimidad a su dominio y a la acción militar de sus legiones. “A diferencia del viejo imperio romano, el proyecto del ‘nuevo imperio petrolero texano’ (que se asemeja mas bien a la mafia rusa) se ha manifestado hasta ahora en la carencia de leyes universales que irradien justamente una civilización, como hábitat ciudadano y vocación a la mejoría universal”. “Los imperios y las civilizaciones requieren, asimismo, de epopeyas gloriosas: en el proyecto del "nuevo imperio petrolero texano" abundan más bien los antihéroes (desde Harken Energy, pasando por Enron, hasta Halliburton)” (AJR).

El investigador mexicano citado alega además, con notoria virulencia, que “sí el 11 de septiembre transformó la geoestrategia mundial, la quiebra de Enron, una empresa global vinculada a la dinastía Bush, ha expuesto toda la fetidez y la carencia de credibilidad de un sistema financiero-contable-bancario desregulado, desarreglado y gangsteril que obliga a su reforma inmediata, a riesgo de colapsarse” .

Si el lenguaje parece fuerte, compárese con esta proclama televisada de la actual campaña electoral del senador por Colorado, republicano y bastante conservador, Wayne Allard: “El espectáculo es vomitivo: los grandes empresarios cometen fraudes que ponen en peligro los empleos y las pensiones de los trabajadores” (reportado por El Pais de Madrid, 18 de agosto). Y no es una excepción: la frase es representativa del fuerte tono de la multimillonaria campaña para renovar gobernadores y cargos parlamentarios. El proceso se encuentra dominado por acusaciones cruzadas de fraude y corrupción e intentos de identificar a cada adversario con las muy desprestigiadas corporaciones y con la mala gestión pública asociada a los déficits nacionales. Según el corresponsal de El País, “son tan denodados los esfuerzos por distanciarse de corporaciones como Enron y WorldCom, implicadas en quiebras fraudulentas después de financiar generosamente a casi todos los candidatos, de uno y otro lado, que los políticos estadounidenses parecen haberse vuelto revolucionarios anticapitalistas.”

Para Jalife-Rahme, en suma, “el modelo barbárico de Estados Unidos entró en crisis terminal y su única redención pasa por la refundación republicana en reminiscencia del peregrinaje ético y estético de sus padres fundadores, quienes huyeron del falaz paradigma bursátil londinense para instaurar la libertad espiritual, económica y política por medio de su singular orden jurídico en el nuevo mundo, como prolongación de la civilización europea. Esta civilización fue adulterada por fuerzas depredadoras posmodernas que cavaron su propia tumba al haber regresado al modelo del que habían huido inicialmente sus antecesores.”

Dadas las tendencias y los antecedentes generales, no se hace difícil conjeturar por cierto, en una primerísima aproximación, que el orden que ahora empieza a proponerse debe tender a parecerse más bien, en sus características esenciales, al del imperio británico que vimos en siglos anteriores, el mismo que terminó sucumbiendo a la especulación financiera y a las dos guerras mundiales del siglo XX.

En realidad, desde mucho antes del 11 de septiembre, el círculo más próximo al Presidente Bush ha tenido que estar muy consciente de los graves problemas financieros y económicos que ya se confrontaban, y, como es ampliamente sabido, tanto Bush como Cheney se encontraban precisamente en el mejor lugar para prever la quiebra de Enron y la catástrofe consiguiente que iba a provocarse. Eso sí, el 11 de septiembre sirvió como excelente coartada para el rediseño del sistema neo-imperial, que ahora se encuentra a la ofensiva.

Es precisamente el reconocimiento abrupto de esta crisis financiera y económica norteamericana –que provoca a su vez una crisis política y de credibilidad - lo que habría conducido al cambio que hoy se estaría produciendo en el modelo de hegemonía planeado por los círculos políticos y económicos que intentan gobernar el planeta, y cuyo curso de acción ha sido trazado y adelantado hasta ahora, en lo esencial, por las fuerzas nucleadas alrededor del Consejo de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos.

Es preciso establecer las modalidades de tal posible cambio de rumbo, con las enormes consecuencias que son imaginables, pero antes se hace imprescindible pasar breve revista a los elementos que configuran la crisis que está determinando dichos ajustes, de manera de entender mejor la naturaleza de los mismos.


Crisis económica y financiera

Los analistas insisten en resaltar, ante todo, el reconocimiento público, por parte de numerosas corporaciones norteamericanas, de que se hallan en un estado inocultablemente calamitoso: no sólo empresas del sector informático o de biotecnología, sino también de las telecomunicaciones, la industria automotriz, la siderúrgica y los grandes servicios de transporte. Se vienen abajo gigantes de la energía como Enron (activos por 63 mil millones de dólares), el número uno de la industria farmacéutica Merck, el coloso de las comunicaciones Worldcom (104 mil millones), a los que se añaden Tycon, ImClose, Xerox, Global Crossing, Qwest Communication, Adelphia Communication, Dynergy. La lista, que sigue abierta, incluye a AOL-Time Warner, Johnson & Johnson y Laboratorio Squibb, sólo para citar los casos más patentes. Hay que anotar, además, a las empresas más representativas de Europa y Japón, país que desde hace diez años arrastra una depresión de la que no logra salir.

Según reporta el diario Le Monde, en su edición del 23 de junio, los bancos alemanes atraviesan también turbulencias sin precedentes. “En el epicentro se encuentra el poderoso Deutsche Bank, cuyos activos son 8 veces superiores a los de WorldCom –800 mil millones de dólares– y cuyas acciones han caído 50% en el 2001. El paisaje de la bancarrota se extiende a Inglaterra, Francia, Italia y España, donde los casos como WorldCom pululan por doquier.”

También en el sistema bancario el escenario muestra siempre el mismo aspecto: sobreacumulación, sobreinversión, exceso de empresas, superabundancia de capitales que ya no pueden valorizarse a una tasa de beneficio compatible con su necesidad de reproducción. El remedio que parece surgir equivale a una brutal destrucción de la riqueza social acumulada bajo la forma de capital, una salida que pudiera implicar una verdadera catástrofe económica y social.

Hasta hace muy poco, no obstante, se vivía la ilusión de la inmortalidad económica. En 1999 el promedio de las acciones de Wall Street trepaba a los 10.000 puntos, cuadruplicando los valores del inicio de la década, y se pronosticaba que se triplicaría en el próximo período. Hoy las caídas bursátiles marcan una baja que corresponde a una pérdida de capital de alrededor de 6 billones de dólares. Se encuentran en peligro los fondos de pensión de 80 millones de ciudadanos. Para The Guardian (18 de julio) "nos encontramos al borde del precipicio”.

Lo que sin ninguna duda parece haber llegado a su fin es, por lo pronto, la ilusión del crecimiento sin fin. No hay quien no se muestre de acuerdo en que llegó el momento de comprobar que no es lo mismo la economía real que la economía de las bolsas. Todo parece empezar a salir a la luz, lenta o bruscamente, al cabo de dos décadas de arriesgada "desregulación".

Wall Street vio disminuir en 65 mil millones de dólares el flujo de capitales entre 2000 y 2001. Y ahora las cosas tienden a ser peores. Ya se ha reportado una disminución del 60 por ciento en las inversiones directas. Esto implica que el mercado ya no tiene tanta confianza en la economía norteamericana, lo que agrava el problema del crónico déficit comercial de ese país (4% del PIB). Estados Unidos importa mucho más de lo que puede exportar. Se ha detenido la producción de riqueza y sólo se produce deuda. En el país de las estadísticas, las informaciones sobre el déficit fiscal son hoy increíblemente imprecisas, pero en ningún caso se sitúan por debajo de los 165 mil millones de dólares. Hasta ahora se succionaban recursos provenientes de actividades productivas y especulativas de todos los países del mundo, pero este mecanismo ya parece haber alcanzado sus límites. Ya no hay más de donde succionar. La cesación de pagos de deuda externa por parte de ciertos países altamente endeudados es una amenaza cada vez más inquietante. El dólar tiende a devaluarse frente al franco suizo, al euro e incluso ante el decaído yen. El viejo y despreciado oro ya se cotiza a más de 300 dólares la onza. Esta debilidad del dólar revela precisamente que EE.UU. comienza a dejar de ser una aspiradora de recursos del resto del mundo.

Desde la crisis de los 70 se drenaron hacia los países ricos enormes recursos de todas las economías, entre otros mecanismos mediante el pago de la deuda externa. Al mismo tiempo, la flexibilización de las políticas laborales permitió extraer más recursos a través de una verdadera superexplotación del trabajo. No obstante, a finales de los 80, aun no podía hablarse de recuperación, como lo demostraron las quiebras bursátiles del 87 y el 89, el colapso de las sociedades de ahorro y préstamo (al que no fue ajeno la familia Bush) y la recesión en Japón y Alemania.

Precisamente, a comienzos de los 90, el desplome del sistema soviético vino a significar el punto culminante del designio anglonorteamericano de dominio global, situación que facilitó la orquestación audaz e inmediata de los cambios orientados a globalizar por completo la economía y las finanzas, eliminar o reducir al máximo la soberanía de los estados nacionales (excepto las grandes potencias, que establecen una suerte de alianza política, militar y diplomática dominada por los Estados Unidos), abrir todos los mercados, avanzar la privatización del mundo, controlar las poblaciones, uniformar la cultura y copar la información, los espacios académicos y la industria cultural con el nuevo pensamiento único individualista y ultraliberal, supeditado a una extrema lógica de mercado. Las transformaciones impulsadas también buscaron la emergencia progresiva de nuevas instancias jurídicas, políticas y diplomáticas supranacionales y de flamantes sistemas políticos estandarizados dominados por nuevos actores (empresarios, figuras del espectáculo mediático, grupos de la sociedad civil y organizaciones no gubernamentales de pensamiento global y de acción local), así como nuevos modelos laborales flexibles, el fin de los estados de bienestar y una desregulación máxima que garantizara el dominio de las finanzas mundiales y redujera al mínimo los riesgos de los inversionistas. Todo ello acompañado de un sistema militar que debe ser crecientemente globalizado, más o menos mercenario y en continua acción. Un complejo de propósitos económicos, sociales, políticos y culturales encarnado en un concepto y en una palabra de connotaciones casi mágicas: globalización.

Pero ahora tenemos que la Reserva Federal baja veinte veces la tasa de interés sin que se puedan captar los recursos suficientes para reactivar la economía productiva o la misma especulación bursátil. Según señala un comentarista del Financial Times (16 de julio), una nueva baja sería ahora irrelevante y podría evidenciar "pánico". A pesar de ello, el consumo no se recupera, aun cuando los precios no suben. El pretendido aumento del 5 por ciento en la productividad durante el primer trimestre del 2002 no se debe más que a la reconstrucción de las reservas. En realidad el desempleo se mantiene y ya hay 6 millones de ciudadanos encarcelados o entre las garras del sistema judicial.

Las cámaras industriales norteamericanas saludan la devaluación del dólar porque frena las importaciones, estimula las exportaciones y debería reducir el enorme déficit del sector externo, de 450.000 millones. Pero una devaluación mayor puede transformar la salida de capitales en una verdadera estampida.

Por otra parte, la falsificación de informes contables amparada por las grandes empresas contables como Pricewater House Coopers, Ernst & Young, Deloitte and Touche, KPMG y Arthur Andersen, así como por Morgan Stanley y Merryl Lynch, y por calificadoras desreguladas como Standard & Poors y Moody's, ha sacado a la luz el temor de la falsificación de todas las informaciones. Se palpa una indudable pérdida de credibilidad. Los escándalos financieros comienzan a dar lugar, a su vez, a una crisis política: empieza a ser cuestionada la capacidad del Presidente Bush, del vicepresidente Cheney y de otros altos funcionarios de la Administración para enfrentar la crisis. "Los mercados perciben una crisis de liderazgo que no sólo abarca a la Casa Blanca sino a las corporaciones y a la propia Wall Street" (Financial Times, 15 de julio).


Algunas explicaciones

Las primeras explicaciones de toda esta perturbación, al menos en lo que atañe a lo económico, tienden a localizar el problema básicamente en la extraordinaria primacía que ha venido adquiriendo, en el orden económico mundial, la economía financiera –basada en la especulación- con respecto a la economía realmente productiva.

Es sabido, en efecto, que por lo menos desde mediados de los 60, los centros estratégicos mundiales, dominados por los anglonorteamericanos, fueron desplazando progresivamente el énfasis económico asignado a la producción de bienes y servicios para ir impulsando cada vez más un modelo parasitario más bien basado en la absorción de recursos –bienes, servicios y capitales- provenientes del resto del mundo.

Consecuentemente, en 1971, durante la Administración Nixon, se termina por cambiar el sistema monetario de Breton Woods y se adopta un sistema - que a la larga ha demostrado ser ruinoso- de tipos de cambio flotantes. De ser países productivos, los países ricos se convirtieron en sociedades más bien de “consumo”. En los Estados Unidos se invirtió dinero de la Reserva Federal y de otras fuentes, internas y externas, para adquirir la capacidad de importar toda clase de bienes. Se empezó a buscar infatigablemente mano de obra barata en cualquier parte del mundo. El dinero simplemente se imprimía y luego se usaba para crear y elevar los valores de las acciones, de los derivados, de las propiedades inmuebles. Así se fueron inflando las burbujas que ya están reventando –la financiera, como consecuencia de la caída de las nuevas tecnologías y de numerosas ramas industriales, con inclusión de la energía y las telecomunicaciones- y las que están a punto de reventar: la del consumo y la de los bienes raíces.

La primacía del capital financiero ha terminado por incrementarse en forma peligrosa, precisamente a raíz de la intensificación del modelo globalizador. Hay una serie de líneas explicativas ya establecidas que ayudan a precisar la naturaleza del fenómeno (2), a saber:
  • El modelo financiero global ha generado una cantidad desmesurada de dinero simulado que sólo existe en las pantallas de computadora de los bancos, de los agentes bursátiles, los administradores de fondos y los especuladores globales.


  • De acuerdo a “The Economist”, el monto diario comercializado por este sistema financiero global excede hoy los dos billones doscientos mil millones de dólares. Se enfatiza que este monto es diario y, para ponerlo en su justa dimension, equivale a una cuarta parte del PBI anual de los Estados Unidos.


  • Pero lo más interesante –o preocupante- del caso es que este monto se corresponde apenas a un 5% de la economía de la producción, el trabajo y los bienes reales. El 95% restante, según el gurú austríaco-norteamericano de la gerencia Peter Drucker (“La Sociedad Poscapitalista”), corresponde a la “economía simbólica” que nada tiene que ver con la economía física: en buen romance, ese noventa y cinco por ciento corresponde a la especulación, al casino alocado del juego bursátil, de los derivatives, de las colocaciones a interés compuesto usurario, y a los miles de sofisticados instrumentos financieros cuyo sofisma procura encubrir lo que realmente son: instrumentos de especulación parasitaria.


  • Como un tumor canceroso maligno, el sistema financiero global hoy ha crecido a un punto tal que está por aniquilar a toda la economía mundial. La “burbuja financiera” que tanto preocupa al sistema está a punto de estallar, y cuando lo haga arrastrará al mundo entero hacia un abismo tremendo. ¿Por qué? Porque la cantidad de “dinero” que estos instrumentos financieros creados de la nada representan, hoy excede entre 10 y 15 veces el PBI de todo el planeta; o sea, existe muchísimo más dinero del que se corresponde con la economía real de la producción, los bienes y el trabajo. Y cuando hay un exceso de dinero en un sistema económico el equilibrio solo puede venir de dos maneras: (a) o se logra “voluntariamente” haciendo desaparecer el 90% de ese dinero virtual en todas sus formas (proceso casi imposible de lograr) o , se lo impone “a la fuerza” a través de un sinceramiento de los precios en relación a esa cantidad real de dinero, haciendo que aquellos suban 10 o 15 veces. Es decir, a través de la hiperinflación.


Hoy todo parece conducir, en definitiva, a una hiperinflación global, a través de una suerte de colapso controlado de todo el sistema financiero. Y esto va a traer muchísimos problemas para todo el mundo. Los que están al tanto de esta inminente catástrofe van tomando sus medidas preventivas: de ahí las fusiones gigantescas que se han producido en la última década entre multinacionales en todos los sectores, a fin de “estar mejor preparados” para sobrellevar la tormenta venidera. Para nuestra región será un cimbronazo como pocos pero también representa una oportunidad si sabemos preverlo, evaluarlo y planificarlo inteligentemente. Esa hiperinflación tendrá al dólar, el euro y el yen como principales protagonistas y allanará el camino para un total rediseño del sistema financiero global con una única moneda mundial y supranacional. Todo esto tiene a los centros de poder muy preocupados. Por eso su principal instrumento de planeamiento geopolítico global – la entidad privada Council on Foreign Relations de Nueva York – viene trabajando intensamente y al máximo nivel para defender intereses puntuales y aprovechar las ventajas que surgirán de esta hoy indetenible crisis planetaria.


De la globalización al nuevo imperio ¿Cuáles son, entonces, los cambios?

Una vez caracterizada la inquietante situación actual, vale la pena entonces intentar puntualizar cuál sería la naturaleza de los cambios que se estarían hoy produciendo en el modelo globalizador que hasta hace muy poco tiempo se había venido imponiendo, y en que consiste este eventual desplazamiento hacia un nuevo modelo imperial. Veamos:

1. El nuevo modelo imperial enfatiza al extremo la necesidad de administrar un sistema permanente de guerra global. Hoy es asunto de vida o muerte extraer riqueza donde se pueda para poder financiar los crecientes déficits de la economía interna norteamericana. También, por esta causa, resulta vital el monopolio de los mercados latinoamericanos, a través del ALCA: no sólo es indispensable cubrir los déficits, sino conquistar por completo nuevos mercados financieros y comerciales. Por otra parte, las guerras perpetuas permiten cohesionar a los ciudadanos a través de la permanente instigación contra algún “enemigo”, real o imaginario. Así, el nuevo modelo supone y exige, en consecuencia de lo anterior, un nivel mucho mayor de aceptación pública en cuanto a que no puede mantenerse una paz global. Una pax americana. Un nuevo orden mundial globalizado que sea pacífico. El nuevo orden reclama más bien –e incluso puede llegar a glorificar- interminables guerras de intimidación, de sometimiento y aun de aniquilación. Guerras “preventivas” y no disuasivas. Se empezó con Afganistán y se seguirá ahora con Iraq. El secretario de defensa Rumsfeld ha especulado con la posibilidad de mantener varias guerras coloniales al mismo tiempo. Pudiéramos tener entonces legiones militares a la romana, mientras se suscitan enfrentamientos étnicos y religiosos y separatismos nacionales en el más puro estilo de la geopolítica inglesa del siglo XIX. En resumen, la guerra se impone abiertamente sobre la ley.

2. Asimismo, estaría en revisión una de las premisas básicas de la globalización hasta ahora intentada: la paulatina conformación de un gobierno mundial privado sobre la base de la existencia de una economía globalizada y el mantenimiento de una alianza militar, diplomática y política de los Estados Unidos con Europa y Asia, compendiada por el G-7. La nueva tendencia sería más bien hacia el fortalecimiento del estado imperial norteamericano, encargado de abrir los mercados a las grandes corporaciones de EEUU, hoy retadas por los otros dos centros de poder económico, con los cuales se entraría en una competencia mucho más explícita (casi la mitad de las mayores compañías y bancos en todo el mundo son norteamericanas, un 30% europeas y 10% japonesas). Ya recientemente Francis Fukuyama, soldado intelectual de primera línea del frente imperial, ha intentado demostrar lo que se encuentra a la vista de todos: la inminente “fractura de Occidente". “Se ha abierto un inmenso foso entre la concepción del mundo estadounidense y la europea, y el sentimiento de compartir los mismos valores se debilita progresivamente. ¿Sigue teniendo sentido el concepto de Occidente en esta primera década del siglo XXI? ¿Dónde se sitúa la línea divisoria de la globalización: entre Occidente y el resto del mundo, o entre Estados Unidos y el resto del mundo?” “Las diferencias de criterio que han aparecido entre Estados Unidos y Europa en el 2002 no son simplemente un problema pasajero provocado por el estilo de la Administración Bush, o por la situación mundial tras el 11-S. Es el reflejo de la existencia de una concepción diferente de la legitimidad democrática en el seno de una civilización occidental más amplia.”(Francis Fukuyama: “Occidente puede resquebrajarse”, reproducido en El País de Madrid, 17 de agosto). El estado imperial norteamericano debe conceder a su economía interna protección y subsidios, lo que agrava los conflictos con sus competidores y destruye las posibilidades de exportación de otros países. De hecho, la guerra de Iraq es usada para desestabilizar no sólo el Medio Oriente, sino también a Europa: los asustados inversionistas del continente son alentados a comprar dólares e invertir en el mercado de valores americano.

3. El nuevo imperio prosigue, naturalmente, la erosión sistemática de las estructuras de todos los demás estados nacionales soberanos (identificados siempre como los grandes enemigos de la globalización, pero también de la hegemonía imperial norteamericana). La nueva receta es la de un imperialismo a ultranza que borre todo vestigio de soberanía política y económica, asegurando los mercados y la posesión de las materias primas. Recientemente la Corporación Rand ha recomendado abiertamente capturar los campos petroleros y los activos financieros de Arabia Saudita, al tiempo de declararla como parte integrante del eje del mal. Según noticias aparecidas en la prensa mundial el jueves 23 de agosto, los sauditas han respondido a la creciente hostilidad norteamericana con el retiro de unos doscientos mil millones de dólares de los bancos de esa nación. Lo cierto es que hoy parece haber disposición de arrebatar –aun sin pretextos- la riqueza de los países indefensos, inclusive la de aquellos que se proclamen o se hayan proclamado alguna vez como aliados "especiales". En cuanto a Iraq, ya se ha abandonado la justificación formal de que se intenta derrocar a Hussein por poseer armas de destrucción masiva. En realidad Iraq, además de su riqueza petrolera propia, es hoy la llave del gran juego geopolítico profundo: el petróleo del Mar Caspio.

4. En pie queda la gran pregunta sobre la supervivencia y la imposición del actual sistema financiero globalizado especulativo, el mismo que se encuentra en aguda crisis. La especulación financiera, como hemos visto, amenaza con arrasar la economía productiva de bienes y servicios. Entretanto, la guerra y el aparato militar son particularmente costosos, y la economía norteamericana debe encontrar la manera de sustentarlos.

5. Por otra parte, el progresivo aislacionismo y unilateralismo americanos van quebrando la idea de globalización jurídica: Estados Unidos se niega a entrar en convenios universales sobre ambiente, control de armas, ordenamiento legal internacional, acuerdos comerciales, Naciones Unidas. Bush se ha dado incluso el lujo de bloquear los lineamientos de la OCDE sobre el lavado de dinero en los paraísos fiscales, los mismos desde los cuales Enron -convertida en empresa especulativa- operaba a través de 700 empresas-fantasma. La ley se somete a la guerra, pero también a los intereses privados.

6. Se aprecia también lo que podría llamarse una creciente crisis de credibilidad en cuanto a elecciones, democracia, representatividad. No ha funcionado bien el modelo político de la globalización basado en el predominio de los empresarios, de los personajes del espectáculo mediático y de la llamada sociedad civil –actores todos sustitutos de los antiguos (e igualmente desprestigiados) operadores políticos. La decaída socialdemocracia europea intenta ahora levantar cabeza porque de una manera oportunista ve que el mundo empieza a cambiar de nuevo, que el péndulo empieza a devolverse del extremo liberal.

7. A esto se suma una crisis de credibilidad en la economía que abarca desde el pensamiento académico hasta los informes financieros y contables. Por último, pero no menos importante, hay también una crisis admitida de credibilidad en los medios. Después de todo, el engaño mediático no es esencialmente distinto del fraude de la compañía de contabilidad Arthur Andersen.

8. El retroceso del pensamiento único neoliberal es en verdad dramático. Ya nadie se toma en serio la idea de “goteo”. Como tampoco puede creerse más en el comercio libre cuando Estados Unidos y Europa protegen más y más su acero y sus productos agrícolas y la Reserva Federal tiene que acudir a inyectar masivamente recursos al sistema financiero. En Japón el dogma liberal es desde hace mucho tiempo un chiste de pésimo gusto.

9. En estas nuevas circunstancias de fractura, competencia y dominación abierta de los países más débiles, ya no habría condiciones para imponer, como un objetivo inmediato, la estandarización sociocultural. El modelo imperial puede incluso optar por un respeto a las “peculiaridades culturales” siempre que se acepte la dominación económica y política. También estaría desvirtuado hasta cierto punto el objetivo de alinear completamente la opinión pública mundial a través de los grandes monopolios mediáticos.

10. En verdad, han terminado por salir a flote los serios problemas que supone la imposición de una cultura global homogénea insoportablemente cargada de individualismo y darwinismo social, más penetrada del principio jurídico babilónico del “ojo por ojo” (justicia como venganza) que del ideal cristiano occidental de justicia, y en definitiva atentatoria contra la idea civilizada de bien común, una idea de la que participan todas las grandes tradiciones culturales de la humanidad, y que es particularmente apreciada en vastas regiones del mundo, como la América Latina y los países islámicos. Ha habido muchas resistencias al modelo globalizador en todo el mundo: ni siquiera puede resolver el problema del empleo, mucho menos el de la equidad. No puede convencerse a la gente de que hay que resignarse a que muchos millones de personas no pueden participar de la civilización global. En suma, Estados Unidos encuentra problemas crecientes para convencer a los demás de las bondades de su sistema económico, financiero, social y laboral, y carece de fuerza suficiente para plantear un orden civilizatorio global. En su calidad de potencia dominante, pero no hegemónica, también encuentra dificultades para imponer sus decisiones militares, políticas y diplomáticas.

11. Las violencias sociales y culturales que suponen el modelo globalizador sólo pueden imponerse, entonces, por la fuerza, manu militari, de allí la tentación de declararse imperio. Una declaración ciertamente tardía pues ya no se tiene oportunidad de instaurar un nuevo imperio romano: es imposible organizar un orden norteamericano civilizado en todo el mundo. Apenas se puede copiar parcialmente el modelo de las legiones romanas. La opción es, en definitiva, más parecida a la del viejo imperio británico: legiones que abren los mercados y obligan militarmente a los nativos a cederles las materias primas. Dividir las naciones, estimular conflictos civilizatorios al estilo Huntington, así como rivalidades tribales, étnicas, religiosas, de fronteras. Jugar a la geopolítica del siglo XIX (y a la geoeconomía), todo apoyado por la fuerza militar más que por la diplomacia o la política. Pero ¿Es posible este modelo en el mundo de hoy?


Autor: Andrea Laffite



(1) Alfredo Jalife-Rahme es Profesor de Maestría de la Facultad de Contaduría y Administración UNAM y Arbitro del Instituto de Investigaciones Económicas UNAM. Ha escrito "Guerras Geoeconómicas y Financieras: El Petróleo del Golfo P&éacute;rsico al Golfo de M&éacute;xico" (Ed. INIZA, M&éacute;xico 1996) y "El Lado Oscuro de la Globalización: Balcanización y Post-Globalización" (Ed. Cadmo & Europa, M&éacute;xico 2000).

(2) La caracterización de la situación financiera que se ofrece a continuación se debe al investigador argentino Adrián Salbuchi. (El Cerebro del Mundo: la cara oculta de la Globalización. Ediciones del Copista, Córdoba, 1999, 404 págs.)
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